lunes, septiembre 26, 2005

Mudanza de casa... y de nombre

Amigos y amigas de El Periscopio:

Somos pocos y desbalagados, y tiramos para distintas partes. Ni hablar, así es nuestra constitución. Después de probar un rato con las capacidades que ofrece gratuitamente Blogger, se me subió lo regio y opté por buscar mi propio hospedaje, para tener un software más poderoso. En otras palabras, he trasladado el contenido de El Periscopio a mi nueva bitácora, que por razones naturales (es natural que alguien tuviera ya el nombre comprado) hube de rebautizar.

Una sesuda sesión de birongas, vulgo cervezas, bastó para que a mi denso magín llegara una inspiración chiquita pero necia, que al fin se salió con la suya y me llevó a registrar el dominio titulado anacronista.com. Este vulgar y simplón juego de palabras me fascinó, así que para cuando cobré conciencia del asunto, ya había comprado el hospedaje y el dominio.

Así pues, notifico informal pero terminantemente que los tiempos de El Periscopio son fenecidos, y que los contenidos pergeñados por el abajo firmante se verán, en lo sucesivo, en el sitio ya citado, a saber, Anacronista.com.

Ahí podrán seguir consultando mis textos, y poco a poco incorporaré herramientas que hagan la visita más amable. De antemano, gracias por visitar ocasionalmente este rincón del ciberespacio. Espero que en el nuevo sitio podamos dialogar.

Vale

Horacio Salazar
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jueves, septiembre 15, 2005

Poder y corrupción en la industria farmacéutica

Foto: Mary A. Pen
Contra lo que dicen sus voceros, la industria farmacéutica de Estados Unidos no invierte en investigación y desarrollo (R&D, en inglés) las sumas millonarias con las que justifica el alto costo de los medicamentos. De hecho, es una industria altamente rentable gracias a prácticas comunes pero no por ello encomiables: "reciclamiento" de medicinas para suplir a la falta de innovación, "compra" de voluntades a través de costosos cabildeos o de nada sutiles "capacitaciones" para el gremio médico; distorsión de las leyes para aprovechar al máximo las patentes, y sobre todo, la venta mercadológica de un mensaje falso, pues no es cierto que los precios elevados sean necesarios para mantener a la industria a flote.

Estos y muchos otros mensajes están contenidos en un libro titulado La verdad acerca de las compañías farmacéuticas: cómo nos engañan y qué hacer al respecto, cuyo mensaje central se resume en la siguiente declaración lapidaria de su autora:

"En las últimas dos décadas, la industria farmacéutica se ha alejado mucho su propósito original de descubrir y producir nuevas medicinas útiles. Convertida principalmente en una máquina de mercadeo para vender fármacos de beneficio dudoso, esta industria emplea su riqueza y su poder para cooptar a toda institución que pueda atravesarse en su camino, incluyendo al Congreso de Estados Unidos, a la Administración de Alimentos y Drogas (FDA), a los centros médicos académicos y a la propia profesión médica".

La autora de este libro no es una recién llegada al ambiente. Durante veinte años, Marcia Angell fue editora en jefe de The New England Journal of Medicine, una de las más importantes revistas médicas del mundo; ahora es miembro del Departamento de Medicina Social en la Escuela Médica de Harvard. En su libro volcó no sólo su experiencia al frente de la revista, sino una cuidadosa investigación que no ha sido refutada en el año de vida que tiene el libro.

Hasta cierto punto, el mensaje de la doctora Angell es similar al que subyace en la película El informe pelícano, en el que un consorcio de empresas petroleras hace lo imposible por mantener en secreto sus conexiones con el poder. Sin llegar a los extremos de la película, los villanos del volumen, las grandes empresas farmacéuticas a las que Angell encierra en el apelativo "Big Pharma", han recurrido a medidas muy similares a las de las petroleras, con resultados más o menos parecidos.

Para empezar, no se trata de cacahuates. En el año 2002, citado por Angell, las diez farmacéutivas estadunidenses más grandes tuvieron ventas del orden de 217 mil millones de dólares. De este total, 17 por ciento (casi 37 mil millones de dólares) corresponde a utilidades. Para ese mismo años, el margen promedio de utilidades para las empresas de la lista Fortune 500 fue de 3.1 por ciento; las productoras de medicinas tuvieron más de cinco veces ese nivel de ganancias; las Big Pharma son las empresas más rentables en la economía más grande del mundo.

Con tanta venta y tanta utilidad, es de suponerse que estas empresas dedican una porción considerable de su presupuesto a investigación y desarrollo. Ese es, al menos, el mensaje que comunican a la ciudadanía norteamericana. Pero la realidad, dice Angell, es otra. Usando datos de los reportes que entregan las corporaciones a las autoridades fiscales, la autora dice que las compañías admiten gastar en R&D un 14 por ciento de sus ingresos. Esto parece mucho, pero la cifra se reduce a su nivel real si se considera que muchas veces las empresas incluyen en este apartado lo que en realidad son gastos de mercadeo, además de incluir el interés compuesto que habrían recibido si hubieran invertido ese capital en el mercado abierto.

En todo caso, argumenta Angell, aun suponiendo que la cifra de 14 por ciento fuera real, los mismos datos dicen que en marketing y administración las mismas empresas invirtieron 31 por ciento de sus ingresos: gastaron más del doble en vender sus mensajes que en investigar medicamentos nuevos.

Una cifra que se maneja a menudo en el ámbito farmacéutico es que cada nuevo medicamento cuesta, en promedio, 802 millones de dólares. Este sería el costo de poner el medicamento en el mercado, pero según Angel, la cifra "está tremendamente inflada". Y en todo caso, la pregunta que se plantea la autora en distintos lugares es si los consumidores de esos medicamentos están en verdad recibiendo el valor de lo que pagaron.

Su respuesta es un tajante no.

Considérese el asunto innovación. En teoría, las empresas invierten millones y millones en formular nuevos y mejores medicamentos y en hacerlos pasar por un estricto protocolo de pruebas que busca garantizar que sean seguros para el público. Pero la verdad es que hay poca innovación en la farmacopea cotidiana. Según Angell, en el periodo 1998-2003 se introdujeron al mercado 487 medicamentos, pero de ellos la FDA indicó que 78 por ciento -casi cuatro de cada cinco- tenían poca probabilidad de ser mejores que los medicamentos ya presentes en el mercado. De hecho, 68 por ciento de esos 487 fármacos ni siquiera eran novedosos: eran medicamentos réplica ("me too"), fármacos viejos presentados en nuevas formas o combinaciones.

Para la industria esto significa ingresos frescos por productos ya probados, además de que estas investigaciones son deducibles de impuestos, de suerte que a fin de cuentas las paga el público en impuestos no cobrados.

Por lo demás, las empresas "Big Pharma" han lucrado a la luz del esquema permisivo que implantó en 1980 el Acta Bayh-Dole. Este conjunto de leyes estimula a universidades y empresas pequeñas a patentar descubrimientos derivados de la investigación pagada por los Institutos Nacionales de Salud, y una vez patentados, a conceder licencias exclusivas a las farmacéuticas.

Un comentario sobre el asunto publicado por el doctor John Hoey en el Journal que dirigió Angell declara sucintamente lo que esto significó: "La investigación pagada por el público para servir al público se convirtió instantáneamente en un bien privado y vendible, que produce ventas de fármacos por más de 200 mil millones de dólares cada año".

"A pesar de la retórica de la industria", asevera Angell, "las compañías farmacéuticas se están volviendo cada vez menos innovadoras. Simplemente están lanzando y volviendo a lanzar los mismos viejos medicamentos, obteniendo nuevas patentes y exclusividad, y confiando en su poder de mercadeo para convencer a doctores y pacientes de que están produciendo milagros médicos".

El volumen de Angell describe también muchas otras prácticas seguidas por la industria farmacéutica: ofrece a los médicos caros agasajos, que exteriormente aparecen como "oportunidades educativas"; aporta contribuciones a las campañas políticas de legisladores interesados; tergiversa los juicios de la FDA, instancia que en principio la supervisa pero que en realidad es pagada en parte por la industria; paga honorarios de consultoría altísimos a miembros selectos del profesorado y de las instancias públicas; utiliza recovecos legales y legislación favorable para exprimir al máximo el rendimiento de patentes en un sistema diseñado para favorecer a la gran empresa; presiona fuertemente en el Congreso para que se haga su voluntad: Angell señala que la organización comercial de la industria, Pharmaceutical Research and Manufacturers of America, tiene el corpus de cabilderos más grandes de Washington: en el año 2000 empleó a 675 cabilderos, entre los que se contaban 26 antiguos congresistas, en los que invirtió más de 91 millones de dólares.
Esto le ha permitido al sector, por ejemplo, "logros" tan importantes (para la industria, aunque no para el público) como evitar, por dictamen legislativo, que Medicare pudiera aprovechar su poder de compra para adquirir medicinas más baratas, o bien conseguir que por ley fuera posible quitar de los anuncios muchos de los efectos secundarios de los medicamentos.

Para dar cuenta de lo que ofrece en el título de su libro (qué hacer contra esta avalancha de hechos), Angell presenta una serie de reformas vitales, soluciones que se antojan, en el mejor de los casos, difíciles de cumplir. Propone, por ejemplo, fijar controles sobre los medicamentos réplica, supervisar la investigación que se realiza en las grandes empresas farmacéuticas, controlar el manejo de las patentes, evitar la influencia de las Big Pharma en la educación continua de los médicos, transparentar las finanzas corporativas de las compañías… En suma, una lista de Santa Claus que sin embargo bien podría ser necesaria.

Hoey, en su comentario al libro, acepta que Angell bien podría tener toda la razón. "Debemos cambiar el modo en que administramos la investigación, el desarrollo y la distribución de nuevos medicamentos", dice Hoey. "No sólo están en riesgo la salud y la atención a la salud, sino también la empresa de la investigación y las reputaciones de universidades y gobiernos. La integridad de la investigación científica es demasiado importante para dejarla en la mano invisible del mercado".
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jueves, septiembre 08, 2005

Cómo los bebés curan a sus madres


Sin saberlo, toda mamá transporta en su sangre células inmaduras que le regala su hijo no nacido. Estas células son una maravilla, pues viajando en el torrente sanguíneo son capaces de atravesar una muralla biológica, entrar en el cerebro de su mamá y ahí ayudar a reparar daños o lesiones

Las mamás tienen fama de estar siempre al pendiente de sus hijos: al parecer no se los pueden quitar de la cabeza. Y esto, que suena como una figura retórica, es cierto en sentido literal. Un equipo de científicos de Singapur dedicó cuatro años a investigar sobre el tema, y descubrió algo singular y potencialmente revolucionario. Usando ratones, los científicos hallaron que células madre provenientes del minúsculo ratoncillo que se estaba formando en el vientre de mamá ratona, cruzaron la placenta, entraron en el torrente sanguíneo, viajaron hasta la cabeza y cruzaron una muralla casi inexpugnable para introducirse en el cerebro de la madre, donde al parecer se dedicaron a realizar labores de reparación celular.

Si este hallazgo es confirmado y si resulta ser cierto también para seres humanos, podría apuntar hacia una estrategia para tratar en el futuro embolias o enfermedades degenerativas del sistema nervioso como el mal de Alzheimer o el mal de Parkinson. En otras palabras, dentro de algunos años podríamos decir directamente que un bebé es también un regalo de vida para su mamá.

Todos somos unos monstruos
Esta historia de esperanzas empieza a partir de un hecho que los científicos constataron hace apenas unos diez años. Descubrieron que, durante el embarazo, la madre y el huésped alojado en el útero tienen más conexiones de las que se pensaba. Aunque la sangre de la mamá y la del feto tienen cada una su propio circuito, el proceso está lleno de polizones: células de la madre cruzan las barreras y se hacen presentes en la sangre del hijo; células del hijo hacen lo mismo y entran en la sangre de la madre. Hasta un 90 por ciento de las mamás portan en su sangre células de su hijo durante el embarazo, y tal vez más de la mitad de todas las mamás llevarán por décadas esas células en su sangre.

En el mundo científico se llama quimera a un organismo que posee partes de otro organismo. La mamá ratona con células de su bebé en la sangre es una quimera, y como se trata de presencias realmente pequeñas (algunas pruebas hablan de 50 células ajenas por cada millón de células propias), el fenómeno es de escala micro. De ahí nació la palabra microquimerismo para aludir al fenómeno. Y el fenómeno parece tan común que bien podría decirse que todos los seres humanos llevamos en la sangre células ajenas: todos somos, en algún sentido, pequeñas quimeras, pequeños monstruos.

Esto tiene su lado malo y su lado bueno. En particular, en la última década se ha determinado que las mamás conservan en su sangre y sus tejidos células de sus hijos. Se han detectado estas células en tejidos como los del bazo, el hígado y la piel.
Lo importante del caso es que las células que emigran del bebé en formación a la mamá no son células maduras, diferenciadas, que hayan “decidido” ya su vocación final: se trata de las llamadas células madre, a las que podríamos considerar como células “bebé” que todavía no deciden en qué se convertirán y tienen el potencial de convertirse en cualquier tipo de célula del cuerpo. Las células se llaman células madre embrionarias (CME), su capacidad se llama pluripotencia, y esta capacidad de las CME es un auténtico tesoro para los médicos, ya que estas células pueden convertirse en células del corazón, del hígado, de la sangre, de un músculo o del cerebro.

Una confirmación y dos novedades
El equipo de Singapur fue encabezado por Gavin Dawe (del Departamento de Farmacología de la Escuela de Medicina Yong Loo Lin, la cual forma parte de la Universidad Nacional de Singapur) y por Xiao Zhi Cheng (del Departamento de Investigación Clínica del Hospital General de Singapur, y del Instituto de Biología Molecular y Celular). Durante meses, los científicos aparearon ratones cuidadosamente seleccionados para estudiar lo que ocurría durante los embarazos ratoniles, y llegaron a tres conclusiones importantes.

La primera es que en efecto células madre embrionarias procedentes de los fetos se detectaron en la sangre de las mamás ratonas. Esto simplemente confirmó el saber acumulado de la última década. Pero las otras dos conclusiones fueron una auténtica novedad.

Por un lado, quedó claro que las CME, viajando como polizones en la sangre de las ratonas, fueron capaces de traspasar la llamada barrera hematoencefálica. Esta última es una especie de filtro formado por células que recubren los vasos capilares del cerebro; las células están unidas tan estrechamente que forjan una muralla física. Gracias a esto, muchas sustancias que viajan en la sangre no pueden atravesar las paredes capilares y entrar en el delicado tejido cerebral. Pero en este caso, células madre embrionarias cruzaron sin problemas la barrera. ¿Cómo? Esta es una de las dudas que los científicos quieren resolver, pero por lo pronto se demostró la capacidad de atravesar la muralla.

“Este es el primer estudio que demuestra de manera concluyente que las células fetales cruzan la barrera hematoencefálica”, admite Diana Bianchi, una autoridad mundial en microquimerismo en la Escuela de Medicina de la Universidad Tufts, en Boston, Massachusetts.

Las células del bebé ratón no sólo atraviesan la barrera sino que, una vez en el cerebro, parecen capaces de diferenciarse (es decir, desarrollarse) hasta quedar convertidas en células neuronales. Las células “bebé” enviadas a su madre por el feto en desarrollo maduran y se convierten en células “adultas” de un tipo particular: algunas se convierten en neuronas, las células cerebrales por excelencia, encargadas de la transmisión de señales dentro del cerebro; otras se convierten en astrocitos, que son como el equipo de soporte de las neuronas; otras más se transforman en oligodendrocitos, que recubren y protegen a las células nerviosas. Las células fetales, dice Dawe, “pueden convertirse en casi todos los tipos importantes de células que hay en el cerebro”.

¿Funcionan correctamente estas flamantes células adultas que la madre debe a su pequeño? Los científicos saben que parecen células funcionales, pero todavía no consiguen demostrarlo. “Tenemos que averiguar, por ejemplo, si las células fetales que expresan características de las células neuronales pueden en los hechos disparar potenciales de acción y conectarse vía sinapsis con células nativas en el cerebro de la mamá”, agrega Dawe.

Pero indicios preliminares apuntan a que sí hay una función, y que se trata de una función positiva para la mamá. Porque resulta que, ya dentro del cerebro, las CME no se distribuyen al azar. Para corroborarlo, los investigadores indujeron en los cerebros de algunas ratonas lesiones similares a las que causan las embolias; cuando hicieron esto, vieron que las células fetales se concentraron seis veces más en las zonas dañadas. Al parecer, los tejidos lesionados producen factores de señalización, algo así como “señales de humo” químicas que atraen a las células fetales. Según parece, cuando ya están en la zona dañada es cuando las células se diferencian y se convierten en células “adultas” nuevas, refacciones celulares para remediar los daños en el cerebro materno. El efecto neto de esta larga jornada es que células del feto actúan a favor de la salud de la mamá –algo que, por supuesto, tiene sentido evolutivo: si la madre está sana, hay mejores probabilidades de que el feto se desarrolle hasta nacer.

El camino a recorrer
Lo primero que quieren hacer los científicos de Singapur es averiguar qué distingue a las células fetales que entran al cerebro de las que no entran. Sospechan que hay moléculas particulares en sus membranas, y si logran averiguar de qué moléculas se trata, habrán dado un importante paso adelante, porque así podrán pensar en trasladar sus hallazgos a la esfera humana. Digamos que descubren una “bandera” molecular. Si examinan células madre humanas y encuentran que algunas de ellas tienen una “bandera” similar, podrán tratar de ver si esas células cruzan la barrera hematoencefálica en seres humanos.

El reporte sobre la noticia publicado por New Scientist señala que “una gran ventaja potencial de usar células fetales como tratamiento es que podrían ser sencillamente inyectadas en el torrente sanguíneo para que busquen su propio camino hacia el cerebro. Esto haría posible tratar enfermedades que tienen lesiones distribuidas, como el mal de Alzheimer”.

Hasta el momento, la única terapia que los médicos han probado a nivel cerebral, para tratar zonas lesionadas o dañadas, consiste en inyectar células traspasando el cráneo del paciente, un procedimiento que difícilmente se puede considerar como inofensivo o inocuo. Pero ha funcionado: los pacientes con mal de Parkinson se caracterizan por una incapacidad para producir un neurotransmisor llamado dopamina. Cuando se han inyectado en los cerebros de estos pacientes células productoras de dopamina, se han registrado mejorías notables. Pero el riesgo es grande: cualquier médico preferirá un método que involucre inyectar algo en la sangre sobre algo que signifique taladrar la cabeza.

Hasta antes del reporte de los científicos de Singapur, las terapias consideradas implicaban cultivar células madre in vitro, para después inyectar dichas células en el cerebro, un procedimiento francamente riesgoso. Ahora tal vez puedan empezar a explorar terapias que no requieran manejo de células madre fuera del organismo.
Pero si las posibilidades son inmensas, también son muchos los desafíos que deberán enfrentarse antes de que este reporte sorprendente se traduzca en beneficios concretos para pacientes concretos. Por ejemplo, dijo Jakub Tolar, especialista en microquimeras de la Universidad de Minnesota en Minneapolis, todavía hay que averiguar cuánto tiempo sobreviven las nuevas células en el cerebro, y también hay que investigar si se logran integrar funcionalmente con las células que ya existían.

¿Cuándo habrá resultados? Nadie lo sabe. Dawe y Xiao dicen que puede ser desde cinco hasta 20 años. No importa: el cerebro es nuestra posesión más preciada y es mejor estar seguros antes de empezar a meterle mano. Pero de entrada lo que los científicos lograrán en ese futuro indefinido será simplemente copiar algo que ya hace la naturaleza: ofrecer, en la maravilla de un embarazo, un sofisticado procedimiento mediante el cual el bebé hace su parte por tener una mamá sana.
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sábado, septiembre 03, 2005

La ignorancia avanza

Foto: pat-swan@excite.com
Estados Unidos puede ser la tierra de los libres y el hogar de los valientes, pero no es el reducto de los conocedores. Sólo uno de cada cinco (o cuando mucho uno de cada cuatro) ciudadanos puede ser considerado “científicamente enterado y alerta”. La mayor parte de los demás “no tiene la menor idea”. Son incapaces de comprender las ideas más básicas acerca de la ciencia, y su ignorancia socava cualquier posibilidad de que participen con sensatez en el proceso democrático.

El juicio no es mío. Es de Jon D. Miller, director del Centro para la Comunicación Biomédica en la Universidad Northwestern.

La especialida de Miller es la cultura científica de los norteamericanos. “Sus hallazgos -dice The New York Times- no son alentadores”. He aquí algunos ejemplos: “En general, los adultos estadunidenses no entienden lo que son las moléculas (fuera de que son realmente pequeñas). Menos de la tercera parte puede identificar al ADN como una clave de la herencia. Sólo alrededor del 10 por ciento sabe lo que es la radiación. Un norteamericano adulto de cada cinco piensa que el Sol gira alrededor de la Tierra”.

En este marco, no resultan insólitos los resultados de la más reciente encuesta Pew sobre la enseñanza de la teoría de la evolución en las escuelas públicas.

El Foro Pew sobre Religión y Vida Pública y el Centro de Estudios Pew para el Pueblo y la Prensa interrogaron por teléfono a dos mil ciudadanos, y encontraron que 42 por ciento de ellos están de acuerdo con que “los seres vivos han existido en su forma actual desde el principio del tiempo”. En otras palabras, para cuatro de cada 10 norteamericanos lo que aprendieron sobre evolución en la escuela les pasó de noche.

Otro dato: 38 por ciento de los participantes dijeron estar de acuerdo con reemplazar, en la enseñanza pública, la teoría de la evolución por el creacionismo. Y en general, 64 por ciento se dijeron abiertos a la idea de enseñar el creacionismo además de la evolución.

Es evidente que la ignorancia avanza con botas de siete leguas. Pero por supuesto: si una persona ignora lo que es la evolución, si ignora lo que es el creacionismo, le dará igual que se enseñe una cosa u otra. Y como la idea de la igualdad de oportunidades sí está bien metida en las mentes de la mayoría, no es extraño que favorezcan la idea de que es “justo” enseñar creacionismo junto con la evolución.

Hace un par de semanas, el líder republicano en el senado, Bill Frist, se sumó a palabras parecidas del presidente George W. Bush. Dijo Frist: “Creo que en una sociedad pluralista ese es el modo más justo de proceder en cuanto a educación y a preparar a la gente para el futuro”.

Así, nuestro vecino país avanza atrevido desde un presente en el que las masas de Nueva Orleáns disparan contra su propio Ejército, hacia un futuro de ignorantes que, en respuesta al juicio del doctor Miller, le envían píamente tarjetas en las que dicen que rezarán por él. Siempre es más fácil rezar que aprender.

Claro que en nuestra propia patria tenemos grandes logros de qué ufanarnos. Por ejemplo, un párrafo del Quinto Informe de Gobierno del presidente Vicente Fox presume de que un laboratorio de Guanajuato “está desarrollando el genoma del maíz”, y que en paralelo se trabaja “en el desarrollo del genoma del frijol y del chile”.

Si uno se cree esto, también puede creerse que el presupuesto para Ciencia y Tecnología aumentó en 2005.
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domingo, agosto 28, 2005

¿Otra guerra de los sexos?

Foto: Sonja Mildner
Preparado por dos psicólogos ingleses, un polémico reporte inédito afirma que los hombres tienen el cerebro más grande.

En promedio, el cociente intelectual (IQ) de los hombres es unos cinco puntos más alto que el de las mujeres; esto hace a los hombres más aptos para “tareas de gran complejidad”, asevera un reporte que se publicará en el British Journal of Psychology y que podría marcar el inicio de una nueva guerra entre los sexos.

Las diferencias existen a nivel cerebral, son genéticas y quizás podrían explicar por que los grandes ajedrecistas o los Premios Nobel son casi todos varones, dice el estudio que firman Richard Lynn, profesor emérito de psicología en la Universidad de Ulster, y Paul Irwing, conferenciante senior en psicología organizacional en la Universidad de Manchester.

El autor recalcitrante
Irwing dijo a la fuente original de la noticia, The Times Higher Education Supplement, que al principio no había querido participar en el estudio, pues hubiera preferido personalmente no descubrir la existencia de diferencias.

“Yo provengo de una perspectiva en la que me gustaría creer que todas las personas, sean hombres o mujeres, son iguales en sus logros potenciales”, dijo.

Pero, emulando a Platón –que dijo ser más amigo de la verdad que de sus amigos–, Irwing resolvió que para él era más importante la verdad científica, de modo que al fin aceptó trabajar con Lynn.

El científico se dijo arrastrado hacia un rumbo “que no me gusta particularmente”, pero invitó a quienes sin duda querrán debatir el asunto a dejar de lado especulaciones para centrarse en los puntos bien documentados.

El autor controvertido
El profesor Lynn ya tiene su historial en el mundo académico, que lo ve como una reencarnación de los defensores de las tesis eugenésicas, en desuso tras una sórdida historia de estudios sesgados por prejuicios hasta el nivel del fraude. Ha sido tildado de racista por sus ideas, y también se le ha criticó el recibir apoyo del Fondo Pioneer, del que se dice tenía conexiones con los nazis en los 1930.

Lynn ha defendido desde 1994 que los distintos grupos raciales presentan diferencias en su nivel de inteligencia, e incluso procuró demostrar que los afroamericanos de piel clara son más inteligentes que los de piel oscura. Ha dicho también que las tendencias criminales son hereditarias. En 2003 publicó otro estudio controvertido en el que identificaba una correlación, en 60 países, entre los niveles de prosperidad y los índices promedio de inteligencia.

También pronosticó que la ingeniería genética y otras tendencias crearían un futuro de dos mundos: una sociedad rica y estable de individuos inteligentes, y otra pobre y hambrienta, habitada por personas de bajo IQ.

Al psicólogo de la Universidad de Ulster le gusta compararse en sus esfuerzos con Galileo, uno de los fundadores de la ciencia moderna que en el siglo XVII luchó por convencer a los europeos de que la Tierra gira en torno al Sol.

“Un paradigma de consenso no se derriba fácilmente, sin importar cuán fuertes sean las evidencias en su contra, como es fama que lo descubrió Galileo”, dijo Lynn. “Por lo tanto, no me sorprende encontrar personas que todavía dicen que no hay diferencias en la inteligencia debidas al sexo”.

Primeras salvas
Este nuevo episodio de una posible “guerra de los sexos” empezó con una carta que Lynn envió este mismo mes a The Psychologist. En la carta, el académico dijo que las diferencias entre los sexos quedaban explicadas por una correlación entre el tamaño del cerebro y el cociente intelectual.

“Los hombres tienen cerebros aproximadamente 10 por ciento más grandes que las mujeres, y cerebros más grandes confieren más poder cerebral, de modo que los hombres deben necesariamente ser, en promedio, más inteligentes que las mujeres”, aseveró Lynn.

Sus palabras hallaron eco en un locutor de la emisora BBC, Michael Buerk, quien se quejó de que “ahora la vida se vive de acuerdo con las reglas de las mujeres”. Según el periodista, el dominio de las mujeres en la sociedad ha reducido a los hombres al papel de poco más que simples repositorios de esperma.

Puntajes diferentes
Los dos académicos llegaron a sus conclusiones después de examinar los resultados de alrededor de 24 mil pruebas de razonamiento contestadas por estudiantes universitarios de distintas partes del mundo.

El texto que se publicará en noviembre argumenta que históricamente los estudios sobre IQ en los géneros tienden a concluir que no hay diferencias importantes en las calificaciones de hombres y mujeres. Los pocos estudiosos que han hallado diferencias, han dicho que es demasiado pequeña para importar, o que “no vale la pena hablar de ella”.

Irwing dijo: “No pensamos que una diferencia de cinco puntos en el IQ pueda desecharse tan fácilmente”.

Organizando los datos, Lynn e Irving advirtieron que entre más alto era el nivel de inteligencia medido, más desproporcionado era el predominio masculino. Por ejemplo, al nivel de 125 puntos de IQ, un nivel típicamente asociado a egresados universitarios, había dos hombres por cada mujer. Para un IQ de más de 130 puntos, había tres hombres por cada mujer, y para un IQ de genio, por encima de los 145 puntos, había 5.5 hombres por cada mujer.

“Está claro que vale la pena hablar de estas diferencias proporcionales entre hombres y mujeres con cocientes intelectuales elevados, y bien podrían explicar hasta cierto punto porqué hay más hombres que logran distinciones de varios tipos para los cuales se requiere un IQ elevado, como grandes maestros de ajedrez, medallistas Fields de matemáticas, ganadores de premios Nobel y sus equivalentes”, dijo Irwing.

Matices
Los investigadores admiten que hoy día las mujeres superan a los hombres en todos los niveles educativos con excepción del doctorado, y dicen también que las diferencias en el IQ no bastan para explicar las desigualdades de género en el lugar de trabajo, donde está claro que los puestos de más nivel prácticamente están copados por los hombres.

El reporte defiende la noción de que existen pruebas de que, para un mismo nivel de IQ, las mujeres pueden lograr más que los hombres, “posiblemente porque son más conscientes y están mejor adaptadas para periodos sostenidos de trabajo duro”. También recupera los datos de un estudio anterior en el que se señala que IQ del orden de 125 puntos son adecuados para “ascender a todos los niveles en el mercado de trabajo”.

“Por lo tanto es probable que la pequeña ventaja masculina en el IQ tenga más importancia en tareas de complejidad elevada, como la resolución de problemas complicados de matemáticas, ingeniería y física”, dijo Irwing.

Primera respuesta
La publicación de la noticia produjo una respuesta inmediata y competitiva. Sue Povey, genetista humana del University College, en Londres, dijo que el reporte “es una última defensa desesperada de los hombres para demostrar que son superiores. Ven que se están hundiendo y se agarran de lo que sea”.

Recordó el hecho ampliamente aceptado de que las pruebas para obtener el cociente intelectual tienen serios problemas metodológicos, presentan sesgos culturales y tienden a reflejar los prejuicios de quienes las aplican.

Povey aceptó que existen diferencias físicas, biológicas, genéticas, entre hombres y mujeres, “pero todavía no me convencen de que existe una diferencia en el IQ”, aseguró. Agregó además que si las mujeres tuvieran socialmente las mismas oportunidades, bien pudiera estar más equilibrada la cuota de premios Nobel.
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