Poder y corrupción en la industria farmacéutica

Contra lo que dicen sus voceros, la industria farmacéutica de Estados Unidos no invierte en investigación y desarrollo (R&D, en inglés) las sumas millonarias con las que justifica el alto costo de los medicamentos. De hecho, es una industria altamente rentable gracias a prácticas comunes pero no por ello encomiables: "reciclamiento" de medicinas para suplir a la falta de innovación, "compra" de voluntades a través de costosos cabildeos o de nada sutiles "capacitaciones" para el gremio médico; distorsión de las leyes para aprovechar al máximo las patentes, y sobre todo, la venta mercadológica de un mensaje falso, pues no es cierto que los precios elevados sean necesarios para mantener a la industria a flote.
Estos y muchos otros mensajes están contenidos en un libro titulado La verdad acerca de las compañías farmacéuticas: cómo nos engañan y qué hacer al respecto, cuyo mensaje central se resume en la siguiente declaración lapidaria de su autora:
"En las últimas dos décadas, la industria farmacéutica se ha alejado mucho su propósito original de descubrir y producir nuevas medicinas útiles. Convertida principalmente en una máquina de mercadeo para vender fármacos de beneficio dudoso, esta industria emplea su riqueza y su poder para cooptar a toda institución que pueda atravesarse en su camino, incluyendo al Congreso de Estados Unidos, a la Administración de Alimentos y Drogas (FDA), a los centros médicos académicos y a la propia profesión médica".
La autora de este libro no es una recién llegada al ambiente. Durante veinte años, Marcia Angell fue editora en jefe de The New England Journal of Medicine, una de las más importantes revistas médicas del mundo; ahora es miembro del Departamento de Medicina Social en la Escuela Médica de Harvard. En su libro volcó no sólo su experiencia al frente de la revista, sino una cuidadosa investigación que no ha sido refutada en el año de vida que tiene el libro.
Hasta cierto punto, el mensaje de la doctora Angell es similar al que subyace en la película El informe pelícano, en el que un consorcio de empresas petroleras hace lo imposible por mantener en secreto sus conexiones con el poder. Sin llegar a los extremos de la película, los villanos del volumen, las grandes empresas farmacéuticas a las que Angell encierra en el apelativo "Big Pharma", han recurrido a medidas muy similares a las de las petroleras, con resultados más o menos parecidos.
Para empezar, no se trata de cacahuates. En el año 2002, citado por Angell, las diez farmacéutivas estadunidenses más grandes tuvieron ventas del orden de 217 mil millones de dólares. De este total, 17 por ciento (casi 37 mil millones de dólares) corresponde a utilidades. Para ese mismo años, el margen promedio de utilidades para las empresas de la lista Fortune 500 fue de 3.1 por ciento; las productoras de medicinas tuvieron más de cinco veces ese nivel de ganancias; las Big Pharma son las empresas más rentables en la economía más grande del mundo.
Con tanta venta y tanta utilidad, es de suponerse que estas empresas dedican una porción considerable de su presupuesto a investigación y desarrollo. Ese es, al menos, el mensaje que comunican a la ciudadanía norteamericana. Pero la realidad, dice Angell, es otra. Usando datos de los reportes que entregan las corporaciones a las autoridades fiscales, la autora dice que las compañías admiten gastar en R&D un 14 por ciento de sus ingresos. Esto parece mucho, pero la cifra se reduce a su nivel real si se considera que muchas veces las empresas incluyen en este apartado lo que en realidad son gastos de mercadeo, además de incluir el interés compuesto que habrían recibido si hubieran invertido ese capital en el mercado abierto.
En todo caso, argumenta Angell, aun suponiendo que la cifra de 14 por ciento fuera real, los mismos datos dicen que en marketing y administración las mismas empresas invirtieron 31 por ciento de sus ingresos: gastaron más del doble en vender sus mensajes que en investigar medicamentos nuevos.
Una cifra que se maneja a menudo en el ámbito farmacéutico es que cada nuevo medicamento cuesta, en promedio, 802 millones de dólares. Este sería el costo de poner el medicamento en el mercado, pero según Angel, la cifra "está tremendamente inflada". Y en todo caso, la pregunta que se plantea la autora en distintos lugares es si los consumidores de esos medicamentos están en verdad recibiendo el valor de lo que pagaron.
Su respuesta es un tajante no.
Considérese el asunto innovación. En teoría, las empresas invierten millones y millones en formular nuevos y mejores medicamentos y en hacerlos pasar por un estricto protocolo de pruebas que busca garantizar que sean seguros para el público. Pero la verdad es que hay poca innovación en la farmacopea cotidiana. Según Angell, en el periodo 1998-2003 se introdujeron al mercado 487 medicamentos, pero de ellos la FDA indicó que 78 por ciento -casi cuatro de cada cinco- tenían poca probabilidad de ser mejores que los medicamentos ya presentes en el mercado. De hecho, 68 por ciento de esos 487 fármacos ni siquiera eran novedosos: eran medicamentos réplica ("me too"), fármacos viejos presentados en nuevas formas o combinaciones.
Para la industria esto significa ingresos frescos por productos ya probados, además de que estas investigaciones son deducibles de impuestos, de suerte que a fin de cuentas las paga el público en impuestos no cobrados.
Por lo demás, las empresas "Big Pharma" han lucrado a la luz del esquema permisivo que implantó en 1980 el Acta Bayh-Dole. Este conjunto de leyes estimula a universidades y empresas pequeñas a patentar descubrimientos derivados de la investigación pagada por los Institutos Nacionales de Salud, y una vez patentados, a conceder licencias exclusivas a las farmacéuticas.
Un comentario sobre el asunto publicado por el doctor John Hoey en el Journal que dirigió Angell declara sucintamente lo que esto significó: "La investigación pagada por el público para servir al público se convirtió instantáneamente en un bien privado y vendible, que produce ventas de fármacos por más de 200 mil millones de dólares cada año".
"A pesar de la retórica de la industria", asevera Angell, "las compañías farmacéuticas se están volviendo cada vez menos innovadoras. Simplemente están lanzando y volviendo a lanzar los mismos viejos medicamentos, obteniendo nuevas patentes y exclusividad, y confiando en su poder de mercadeo para convencer a doctores y pacientes de que están produciendo milagros médicos".
El volumen de Angell describe también muchas otras prácticas seguidas por la industria farmacéutica: ofrece a los médicos caros agasajos, que exteriormente aparecen como "oportunidades educativas"; aporta contribuciones a las campañas políticas de legisladores interesados; tergiversa los juicios de la FDA, instancia que en principio la supervisa pero que en realidad es pagada en parte por la industria; paga honorarios de consultoría altísimos a miembros selectos del profesorado y de las instancias públicas; utiliza recovecos legales y legislación favorable para exprimir al máximo el rendimiento de patentes en un sistema diseñado para favorecer a la gran empresa; presiona fuertemente en el Congreso para que se haga su voluntad: Angell señala que la organización comercial de la industria, Pharmaceutical Research and Manufacturers of America, tiene el corpus de cabilderos más grandes de Washington: en el año 2000 empleó a 675 cabilderos, entre los que se contaban 26 antiguos congresistas, en los que invirtió más de 91 millones de dólares.
Esto le ha permitido al sector, por ejemplo, "logros" tan importantes (para la industria, aunque no para el público) como evitar, por dictamen legislativo, que Medicare pudiera aprovechar su poder de compra para adquirir medicinas más baratas, o bien conseguir que por ley fuera posible quitar de los anuncios muchos de los efectos secundarios de los medicamentos.
Para dar cuenta de lo que ofrece en el título de su libro (qué hacer contra esta avalancha de hechos), Angell presenta una serie de reformas vitales, soluciones que se antojan, en el mejor de los casos, difíciles de cumplir. Propone, por ejemplo, fijar controles sobre los medicamentos réplica, supervisar la investigación que se realiza en las grandes empresas farmacéuticas, controlar el manejo de las patentes, evitar la influencia de las Big Pharma en la educación continua de los médicos, transparentar las finanzas corporativas de las compañías… En suma, una lista de Santa Claus que sin embargo bien podría ser necesaria.
Hoey, en su comentario al libro, acepta que Angell bien podría tener toda la razón. "Debemos cambiar el modo en que administramos la investigación, el desarrollo y la distribución de nuevos medicamentos", dice Hoey. "No sólo están en riesgo la salud y la atención a la salud, sino también la empresa de la investigación y las reputaciones de universidades y gobiernos. La integridad de la investigación científica es demasiado importante para dejarla en la mano invisible del mercado".




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